El abuso de las licencias que deja sin clases a niños y niñas de escuelas rurales

Es una situación que se da en escuelas del campo y la ciudad, pero en la zona rural se suma a las pérdidas de clases por días de lluvia. La lamentable situación de una escuela de Distrito Doll y otra de Isletas, en el departamento Diamante.

Docentes que a diario recorren kilómetros por rutas o caminos -en algunos casos casi intransitables- hay quienes lo hacen con vehículos propios y otros a dedo, con todo el esfuerzo y los riesgos que ello implica. Maestros y maestras que hacen de padre y madre, que ven situaciones difíciles desde lo edilicio de “sus” escuelas –porque así las sienten- o hasta contextos de pobreza, violencia o indisciplina de sus alumnos y alumnas. Episodios de este tipo y muchos más se repiten a diario a lo largo y ancho de la provincia y el país. Son trabajadores y trabajadoras que dejan todo para llegar a fin de mes y, sobre todo, porque tienen vocación.

Mientras escribo esta columna, se me aparece en los recuerdos Diana Rosa Sosa, que siendo muy joven y junto a un grupo de padres, construyeron ladrillo por ladrillo lo que es hoy la Escuela Privada Nº 143, 25 de Mayo de la localidad de Isletas, departamento Diamante. A lo largo de su carrera, recorrió varios kilómetros y se las ingenió para llegar a su “escuelita” hasta en días de barro, en sulky, en aquellos primeros años, allá por la década del ’70. Así como el de Diana, seguramente hay muchos casos similares en el pasado, el presente y el futuro.

Claramente las anteriores no son situaciones ideales. Aquí no somos partidarios de romantizar esfuerzos sobrehumanos, muchas veces por un magro sueldo. Quizás lo ideal sea que cada uno cumpla con lo que le corresponde –Gobiernos, docentes, padres, alumnos y la comunidad en general- porque el esfuerzo compartido hace más liviana y beneficiosa cualquier situación para el conjunto.

Ahora bien, el problema se genera cuando una de las partes de ese gran engranaje falla y así toda esa maquinaria comienza a andar mal, pero aquí no hablamos de máquinas, sino de personas, más bien de niños y niñas que en la Educación viven su presente y forjan su futuro.

En quien escribe, que llegó a ser Licenciado en Comunicación Social gracias a la Universidad Pública, pero por sobre todo gracias a docentes que cumplieron más de la cuenta con su trabajo, le generó bronca, pero por sobre todo tristeza, el lamento de un grupo de padres de dos escuelas rurales.

Escuela Nº 34, Juan José Paso de Distrito Doll

Uno de ellos relató a Informe Litoral que su hija cambió cinco veces de maestro en 2019, luego estuvieron un año sin clases presenciales producto de la pandemia y por estos días, con la vuelta del cursado presencial, nuevamente se encuentran sin docente y recién este martes 6 de abril las horas saldrían a concurso. Es decir, llevan prácticamente más de dos años sin un cursado normal, con todo lo que ello implica para la adquisición de conocimientos y la salud psíquica de aquellos que transitan los primeros años de la escolaridad.

Esta situación la padece la comunidad y sobre todo los niños y niñas de la Escuela Nº 34, Juan José Paso de Distrito Doll, departamento Diamante. “Prácticamente no aprenden nada porque todo el tiempo cambian de docente. A veces mi hija llora porque se acostumbra a un docente y a las semanas se tiene que ir”, relató el padre. Esto se da porque quien se quedó con el cargo hace algunos años, hace uso permanentemente de las licencias, aduciendo problemas de salud. 

Nadie quiere –al menos quien escribe- que los trabajadores y trabajadoras que realmente presenten factores de riesgo concurran a sus puestos de trabajo y las licencias -en el caso de los docentes- son un derecho. No se puede poner en riesgo la salud por un trabajo. Sin embargo, no hay que confundir un derecho con un abuso de un sistema quizás arcaico y al que le falta un verdadero control y seguimiento, en este caso por parte del Consejo General de Educación –CGE-y a quien le corresponda a nivel departamental.

En uno de sus pedidos de licencia, la docente en cuestión habría aducido que los viajes hasta la escuela le producían problemas de salud, sin embargo, al poco tiempo y mientras gozaba de su licencia, habría compartido fotos de viajes en sus redes sociales. Claramente a cualquier trabajador del sector privado ni se le ocurriría cometer tal situación porque tienen en claro que sufrirían las consecuencias.

Otro padre, en este caso de la Escuela Nº 32, Mariano Moreno, que se encuentra en otra zona de la localidad, más cercana a Crespo, relató una situación similar: “Las escuelas rurales fueron y son el segundo hogar… Como ex alumno y ahora padre de chicos veo con mucha preocupación e indignación el constante cambio de maestros. Los niños no alcanzan a conocer la maestra/a que ya viene otra suplencia… Mientras tanto los alumnos están sin clases o discontinuadas. Queremos Educación para nuestros hijos”, concluyó el mensaje de este padre que ya sufrió tres cambios de docente recientemente. Uno más que solo pide Educación.

Los anteriores son solamente dos casos, dos malos ejemplos, que, así como los buenos, se repiten no solo en escuelas del campo sino también en la ciudad. No obstante, a estos inconvenientes, en la ruralidad se suman la pérdida de semanas enteras en épocas lluviosas, las malas o nulas conexiones de internet y otros inconvenientes que también son desigualdades.

En estos lugares los padres sienten propias a las escuelas y la Educación de sus hijos e hijas ocupa un pilar fundamental, a tal punto que muchas instituciones educativas son mantenidas de manera casi impecable gracias al esfuerzo de la comunidad. No solo porque pueden hacerlo económicamente, sino porque aman a ese edificio por el que en muchos casos también pasaron y porque quieren que tanto estudiantes como docentes se sientan cómodos. Del otro lado, algunas veces no reciben lo mismo.

Considero importante destacar la noble labor de la mayoría de los docentes, de las comunidades educativas de las pequeñas localidades, pero hay que llamar la atención sobre las injusticias. Hay un viejo modismo que reza: “La culpa no la tiene el chancho sino el que le da de comer”. Nunca mejor aplicable para estos casos: El abuso de las licencias que deja sin clases a niños y niñas de escuelas rurales.

(*) Licenciado en Comunicación Social – Director de Informe Litoral 

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