Opinión: De Quilmes a Concordia, síntomas de un final de época

Análisis de la situación política actual con Concordia y Quilmes como paradigma. Por el Presidente Nacional de Políticas para la Republica.

  • Milan C. Jelic
    Politólogo, urbanista, doctorando en economía

La semana pasada se conocieron dos datos muy tristes. Por un lado, el dato de pobreza que asciende en Argentina al 39,2% medido a fines del año 2022 (lamentablemente hoy debe ser mayor aún). Desagregado por ciudades, Concordia (Entre Ríos) es la más pobre del país con 55,2%; cierran el podio Resistencia (Chaco) y Santiago del Estero. Por otro lado, y como consecuencias de la pobreza, el viernes 31 de marzo amanecimos con la noticia que una bebé murió en las puertas de la Casa Rosada. Sus padres eran de Quilmes y vivían en la calle tras quedarse sin casa por problemas familiares. Agravado el cuadro por problemas de adicción y problemas intrafamiliares. Son los síntomas de un desastre político y social.

Concordia y Quilmes además de haber sido noticia, comparten muchas características comunes: pobreza, falta de inversión (en ninguna de las dos pasa nada nuevo desde hace décadas), falta de oportunidades de empleo, inseguridad, y ambas fueron gobernadas siempre por la política tradicional. Es la consecuencia de una forma de hacer política, un modelo. En el caso entrerriano desde el ‘83 gobierna el partido peronista. En el caso bonaerense alternadamente el peronismo y Cambiemos. Al modelo se lo podría describir de manera simple: corrupción, mediocridad y desidia. A ésta tríada la cruzan ideologías y personajes de diferentes carismas, que hacen al modelo gatopardístico en palabras de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, pero los resultados son los mismos.

Modelo agotado
Hay algunos síntomas en los que me baso para decir que estamos en las puertas de un final de época. Su final no será ya, pero claramente está mostrando indicios de que estamos en proceso de cambio de época. ¿Qué viene después de eso? Ahí la mayor preocupación que dejaré para desarrollar al final de esta columna. Volvamos a los síntomas.

El modelo de corrupción, mediocridad y desidia tiene una de sus columnas en el consumo. Estimular el consumo todo lo que se pueda para generar la sensación de bienestar. Incluso un consumo que estadísticamente puede dar crecimiento pero que no es desarrollo real. Bien estudiado tiene la ciencia económica que un crecimiento del PBI no implica que haya un crecimiento en la riqueza real. Vamos a un ejemplo: la típica clase media argentina lograba que un inmigrante que llegó sin nada pudiera (trabajando duro) tener su casa, construirle alguna otra a sus hijos y hasta tener una casita de fin de semana o de vacaciones. A la siguiente generación le costó llegar a la casa propia y cada tanto cambiaba el auto. Ya pocos se ilusionaban con mayor riqueza que esa. Los jóvenes de la clase media ahora aspiran a cambiar el celular o a comprarse una motito. La clase media, pilar de la política tradicional, se empobreció y ya no los acompaña fervorosamente como antes. Hoy busca quién los represente mejor.

La clase alta en Argentina, según consultoras privadas, comienza con ingresos de 2000dólares por familia. Es lo que ganan dos jóvenes mileuristas en el viejo continente y allá rasguñan para no caer en el segmento de menores ingresos de la población. Así de devaluada está nuestra economía. Pero son problemas de la clase alta dirían algunos. Los más pobres, los que más padecen el modelo, son ya el 40% pareciendo ser ya un porcentaje estructural lamentablemente. Esta población, bastión de la política tradicional, está siendo captada por los movimientos sociales y por iglesias evangélicas. Y si bien, estos últimos, no se han organizado políticamente aún, si dan contención por fuera de los clásicos punteros políticos, de uno y otro partido. Aquí otro síntoma de final de época para la política tradicional.

Otro corte poblacional, los llamados trabajadores (todos trabajamos, pero sigamos con ese criterio que es ampliamente reconocido para el lector), también están abandonando las estructuras tradicionales. Entre los que están desocupados, en negro, los que son monotributistas, cuentapropistas y el avance de la izquierda entre los delegados sindicales, los gremios tradicionales están perdiendo afiliados y peso en las decisiones políticas. Perola pérdida de influencia es bidireccional, también los partidos tradicionales están perdiendo arraigo entre los trabajadores asalariados. Ya no alcanza con tener un sueldo en blanco para dejar de ser pobre, cuando ese era un histórico motor de ascenso social. Son también muestras del agotamiento de un modelo.

Hay un actor que también está quitándole poder a la política tradicional, y es el narcotráfico. Sea porque se les fue de las manos, porque hay connivencia, corrupción, mediocridad o desidia, pero ya es una realidad que atraviesa al país: desde Quilmes a Concordia, pasando por el NOA y Rosario, hasta pueblos como Villegas en la Provincia de Buenos Aires (ésto estan largo que da para otro artículo). Incluso el caso de Rosario es muy interesante porque allí gobernó el partido socialista en coalición con el radicalismo durante décadas demostrando que no es un problema de color político, sino de forma de hacer política: con ideología, sin soluciones concretas, la gestión de ‘lo atamos con alambre’ y el ‘vamos viendo’ mientras unos se benefician a costa de muchos.

Lo que puede suceder, lo que creo que debería suceder y lo que deberíamos evitar que suceda

El primer punto es el más incierto, pero la historia como maestra nos enseña que hay posibilidades de radicalización del discurso político y que ganen personalidades que no tienen ni la menor idea de cómo gobernar ante la complejidad de temas que abarca la política. Un ejemplo de ello viene de Italia cuando el Movimiento 5 estrellas (Cinque Stelle) llegó al poder impulsado por el hartazgo de la sociedad con la política tradicional italiana y por la figura popular del cómico Beppe Grillo. Éste se valió de su conocimiento para criticar a todos los partidos tradicionales, gritando y gritando en televisión, pero sin ofrecer soluciones alternativas más allá del que se vayan todos y alguna idea suelta aquí y allá (suena conocido, ¿no?). El gobierno del Movimiento 5 estrellas junto al partido La Liga de Mateo Salvini fue un fracaso total y una decepción para el electorado italiano. Se mezcló ideología, incapacidad, populismo, falta de un programa claro.

Segundo, lo que creo que debería suceder, lo resumiría en el concepto de programas de gobierno. Porque por un lado, son la salida al discurso ideológico, y por el otro al estancamiento de la falta de soluciones en el que nos tienen los partidos tradicionales. La única forma que hay para salir de este círculo vicioso es elaborando diagnósticos claros, haciendo público lo que uno cree que la raíz de cada problema es (no es lo mismo decir que la inflación es un fenómeno monetario a decir que es por codicia de los empresarios). Y presentar detalladamente qué se propone para solucionar cada problema, cómo se financia, el lapso de tiempo que toma cada solución, la forma y metodología de implementación, la organización y gestión de los equipos y proyectos. Todo claro y abierto al debate público. Una democracia más deliberativa. Porque la delegativa solamente, sin contrato explícito quedó muy lejos de la representación de lo que los votantes esperan. El modelo de la política tradicional del ‘votame y después vemos’, cada vez representa a menos gente.

El tercer y último punto tiene que ver con aquello que deberíamos evitar en las próximas décadas. La crisis de representación podría llevarnos al primer punto de los extremos vacíos de contenido que sería importante evitar. Sin embargo, los síntomas mencionados aquí son señales de un final de época, lo más probable es que no sea un final inminente, sino que la forma tradicional de hacer política perdure un tiempo más; cada vez con menos apoyo popular, pero con el suficiente aún para seguir ganando elecciones y manteniéndose en el poder. En ese escenario estaríamos dejando en las manos de los que ya han demostrado un rotundo fracaso de esta forma de hacer política una nueva oportunidad muy grande. La oportunidad que dará en los próximos años el litio y otros minerales valiosos, Vaca Muerta, la explotación del mar argentino, el agua en sus diferentes posibilidades, el turismo y la producción de alimentos a gran escala, la creatividad e innovación de nuestra creciente industria del conocimiento que exporta más cerebros que productos y servicios, la ampliación de la frontera agrícola ganadera con tecnologías y técnicas nuevas, y otras posibilidades de desarrollo más que están potencialmente ahí para explotarlas. Supongamos que cada una pueda darnos diez mil millones de dólares por año, en un cálculo conservador y prudente, dejarlas en manos de la corrupción, la mediocridad y la desidia sería otra oportunidad desaprovechada más de nuestra historia y nos haría profundizar los problemas que hoy tenemos.

La salida es política. Sin ninguna duda que es política. Los volantazos sin un norte no llevan a nada bueno. Pero debe ser una política que proponga soluciones concretas para la cosa pública y que enriquezca el debate político. En la política tradicional eso no está, su modelo está agotado y por eso los resultados de pobreza que tenemos.

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